La Selección de Coco Basile tenía su bautismo de batalla ante Chile, en Mendoza, cerrando la primera parte de una etapa de trabajo con jugadores de los clubes del país, los únicos con los que el DT puede contar casi a diario, semana a semana, compartir el vestuario y hacer chistes, como suele destacar. El calendario y la distancia le impiden un día a día similar con los europeos, más allá de un seguimiento a distancia de sus actuaciones, sus lesiones y sus estados de ánimo. La idea de ir armando el grupo con los de acá, para después sumar a los de allá, ha sido aplaudida prácticamente con unanimidad. Después se verá cómo queda configurado el equipo entre unos y otros para el primer gran desafío: la Copa América. La posibilidad de ver al equipo nacional en la capital cuyana despertó tal expectativa que el clima de fiesta previo en el Estadio Islas Malvinas era increíble: en los últimos años no ha sido frecuente tener semejante visita en el interior del país. En el caso de Mendoza había que remontarse hasta el ciclo Passarella, en 1998. Por eso no fue extraño que entre tanta algarabía apareciera la exageración de las tribunas, bajando un ooolé antes del minuto de juego con cada toque de los jugadores argentinos en esos primeros instantes. No menos festejos tuvo la intención manifiesta de presionar al equipo contrario en cada centímetro del campo de juego desde el arranque, para asfixiar cualquier intención de los chilenos de encontrar el juego con Sanhueza y Suazo. El mediocampo argentino no tardó en apoderarse de la pelota. Ledesma cortaba todo. Belluschi y Sosa se encontraban con Montenegro tocando rápido. Palacio expuso de entrada su velocidad y Pavone estaba latente con su potencia. De entrada el partido se jugaba en el campo visitante. Chile planteó desde el comienzo un juego friccionado. Las acciones se cortaban permanentemente cuando un jugador argentino conseguía sacar ventaja en algún sector de la cancha. Sólido en el fondo, el equipo de Basile necesitaba rotar y tocar permanentemente para encontrar huecos en la defensa rival, como el que tuvo Montenegro a los 17 con un derechazo de media distancia que se fue por encima del travesaño. A pesar de ser un amistoso, algunos jugadores no escatimaban con la pierna fuerte. Pronto vieron la amarilla dos jugadores por bando. Argentina seguía siendo dominador y se generaba una tras otras las chances para abrir el marcador. Sosa probó dos veces desde afuera. Bottinelli estrelló un tiro muy sesgado en el travesaño. El primer gol, parecía, estaba al caer. Pero Chile también se las ingeniaba para crear sus situaciones. Menos en cantidad pero no en calidad. A los 31 Sosa perdió ingenuamente una pelota donde no hay que arriesgar: en el borde del área. Suazo combinó con Valdivia y recibió un rebote de Bottinelli que le quedó para la zurda. Afortunadamente el disparo salió desviado en el segundo palo de Carrizo. Acto seguido, el arquero de River tapó un mano a mano con Fierro, que motivó las protestas de Basile contra el fondo, parado muy en línea. Y Chile empezó a animarse a ir. Sánchez y Valdivia encaraban con habilidad y sin complejos. El trámite se emparejó, porque el equipo de Acosta empezó a ser más incisivo y, sobre todo, porque los dos equipos empezaron a dividirse la pelota. Argentina se fue quedando conforme pasaban los minutos. Fue perdiendo el sentido colectivo del juego y empezó a exagerar de sus individualidades. Se abusaba del traslado y los receptores no aparecían: faltaba movilidad. La imagen dejada al finalizar el primer tiempo estaba lejos de la esperada. Argentina había ido de mayor a menor y Basile tenía trabajo en el descanso para mejorar el rendimiento de su equipo. Pero no hubo cambios sustanciales en el comienzo de la segunda mitad. Esos primeros minutos se parecieron más bien al cierre de la primera. Con asperezas y poca precisión. Al partido le hacía falta urgente un gol. Que casi llega cuando Pavone se les escapó a los centrales y Rocco lo bajó. El tiro libre del Cata Díaz rebotó en el arquero y le quedó a Belluschi que, muy cerrado, estrelló su derechazo en el palo. Cuando el volante de River se olvidó de los roces y las discusiones con los volantes chilenos para jugar, apareció lo mejor de Argentina, sobre todo cuando sintonizaba con Montenegro. Cuando entraba en el forcejeo el equipo de Basile caía en el juego que más le convenía a Chile. El técnico decidió probar variantes y mandó a Cardozo y Lavezzi por Montenegro y Palacio. La idea era que el volante de Boca se parara bien por izquierda y que Sosa se adelantara un poco más. Lavezzi no tardó en meter un desborde por derecha. El equipo seguía, no obstante, apagado. No terminaba de soltarse. Amagaba y amagaba, pero no concretaba. Parecía depender demasiado de que alguna de sus individualidades se iluminara para provocar ese desequilibrio que llevara tranquilidad. Faltaba, sobre todo, el gol. Belluschi y Sosa desaparecieron y terminaron dejando sus lugares a Ponzio y Pablo Ledesma. Pero nada cambió. De ahí hasta el final el juego de Argentina fue muy embarullado. No le pudo encontrar la vuelta al esquema del equipo de Acosta. En el debut de la versión local de la Selección no caben dudas de que el equipo quedó en deuda. Con la gente y con sí mismo. Si de los malos pasos se aprende, la enseñanza de este primer ensayo debiera ser que queda mucho por mejorar. A seguir trabajando, entonces, que esto recién empieza.
Thursday, April 19, 2007
Argentina 0 - Chile 0
La Selección de Coco Basile tenía su bautismo de batalla ante Chile, en Mendoza, cerrando la primera parte de una etapa de trabajo con jugadores de los clubes del país, los únicos con los que el DT puede contar casi a diario, semana a semana, compartir el vestuario y hacer chistes, como suele destacar. El calendario y la distancia le impiden un día a día similar con los europeos, más allá de un seguimiento a distancia de sus actuaciones, sus lesiones y sus estados de ánimo. La idea de ir armando el grupo con los de acá, para después sumar a los de allá, ha sido aplaudida prácticamente con unanimidad. Después se verá cómo queda configurado el equipo entre unos y otros para el primer gran desafío: la Copa América. La posibilidad de ver al equipo nacional en la capital cuyana despertó tal expectativa que el clima de fiesta previo en el Estadio Islas Malvinas era increíble: en los últimos años no ha sido frecuente tener semejante visita en el interior del país. En el caso de Mendoza había que remontarse hasta el ciclo Passarella, en 1998. Por eso no fue extraño que entre tanta algarabía apareciera la exageración de las tribunas, bajando un ooolé antes del minuto de juego con cada toque de los jugadores argentinos en esos primeros instantes. No menos festejos tuvo la intención manifiesta de presionar al equipo contrario en cada centímetro del campo de juego desde el arranque, para asfixiar cualquier intención de los chilenos de encontrar el juego con Sanhueza y Suazo. El mediocampo argentino no tardó en apoderarse de la pelota. Ledesma cortaba todo. Belluschi y Sosa se encontraban con Montenegro tocando rápido. Palacio expuso de entrada su velocidad y Pavone estaba latente con su potencia. De entrada el partido se jugaba en el campo visitante. Chile planteó desde el comienzo un juego friccionado. Las acciones se cortaban permanentemente cuando un jugador argentino conseguía sacar ventaja en algún sector de la cancha. Sólido en el fondo, el equipo de Basile necesitaba rotar y tocar permanentemente para encontrar huecos en la defensa rival, como el que tuvo Montenegro a los 17 con un derechazo de media distancia que se fue por encima del travesaño. A pesar de ser un amistoso, algunos jugadores no escatimaban con la pierna fuerte. Pronto vieron la amarilla dos jugadores por bando. Argentina seguía siendo dominador y se generaba una tras otras las chances para abrir el marcador. Sosa probó dos veces desde afuera. Bottinelli estrelló un tiro muy sesgado en el travesaño. El primer gol, parecía, estaba al caer. Pero Chile también se las ingeniaba para crear sus situaciones. Menos en cantidad pero no en calidad. A los 31 Sosa perdió ingenuamente una pelota donde no hay que arriesgar: en el borde del área. Suazo combinó con Valdivia y recibió un rebote de Bottinelli que le quedó para la zurda. Afortunadamente el disparo salió desviado en el segundo palo de Carrizo. Acto seguido, el arquero de River tapó un mano a mano con Fierro, que motivó las protestas de Basile contra el fondo, parado muy en línea. Y Chile empezó a animarse a ir. Sánchez y Valdivia encaraban con habilidad y sin complejos. El trámite se emparejó, porque el equipo de Acosta empezó a ser más incisivo y, sobre todo, porque los dos equipos empezaron a dividirse la pelota. Argentina se fue quedando conforme pasaban los minutos. Fue perdiendo el sentido colectivo del juego y empezó a exagerar de sus individualidades. Se abusaba del traslado y los receptores no aparecían: faltaba movilidad. La imagen dejada al finalizar el primer tiempo estaba lejos de la esperada. Argentina había ido de mayor a menor y Basile tenía trabajo en el descanso para mejorar el rendimiento de su equipo. Pero no hubo cambios sustanciales en el comienzo de la segunda mitad. Esos primeros minutos se parecieron más bien al cierre de la primera. Con asperezas y poca precisión. Al partido le hacía falta urgente un gol. Que casi llega cuando Pavone se les escapó a los centrales y Rocco lo bajó. El tiro libre del Cata Díaz rebotó en el arquero y le quedó a Belluschi que, muy cerrado, estrelló su derechazo en el palo. Cuando el volante de River se olvidó de los roces y las discusiones con los volantes chilenos para jugar, apareció lo mejor de Argentina, sobre todo cuando sintonizaba con Montenegro. Cuando entraba en el forcejeo el equipo de Basile caía en el juego que más le convenía a Chile. El técnico decidió probar variantes y mandó a Cardozo y Lavezzi por Montenegro y Palacio. La idea era que el volante de Boca se parara bien por izquierda y que Sosa se adelantara un poco más. Lavezzi no tardó en meter un desborde por derecha. El equipo seguía, no obstante, apagado. No terminaba de soltarse. Amagaba y amagaba, pero no concretaba. Parecía depender demasiado de que alguna de sus individualidades se iluminara para provocar ese desequilibrio que llevara tranquilidad. Faltaba, sobre todo, el gol. Belluschi y Sosa desaparecieron y terminaron dejando sus lugares a Ponzio y Pablo Ledesma. Pero nada cambió. De ahí hasta el final el juego de Argentina fue muy embarullado. No le pudo encontrar la vuelta al esquema del equipo de Acosta. En el debut de la versión local de la Selección no caben dudas de que el equipo quedó en deuda. Con la gente y con sí mismo. Si de los malos pasos se aprende, la enseñanza de este primer ensayo debiera ser que queda mucho por mejorar. A seguir trabajando, entonces, que esto recién empieza.